lunes, 23 de marzo de 2009

"Platería en Navalvillar de Ibor (Cáceres): Una custodia de Marcos Hernández"

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La Custodia de Navalvillar de Ibor (1ª parte)
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"Platería en Navalvillar de Ibor (Cáceres): Una custodia de Marcos Hernández" por: Florencio-Javier GARCÍA MOGOLLÓN. (NORBA-ARTE, X, 1990)

La iglesia parroquial de Navalvillar de Ibor, pueblo situado en pleno corazón de la hermosa comarca cacereña de las Villuercas y muy cercano a Guadalupe, conserva una notable colección de objetos de platería. Destacan una magnífica cruz procesional, pieza peculiar del estilo gótico-renacentista fechable a mediados del siglo XVI, y una no menos extraordinaria custodia manierista, fabricada en Toledo por el maestro Marcos en los años finales de la referida centuria, como expresan sus marcas.

La cruz procesional, aunque algo deteriorada, es un ejemplar excelente, uno de los mejores, en su clase, de la provincia cacereña. Es de plata en su color, tiene una altura total de 73 cm. y una envergadura de 33,5 cm. El astil presenta la típica estructura exágonal gótica y es liso: se adorna exclusivamente con elementales costillas que realzan los ángulos del exágono. Tan sólo en su unión con la macolla se pueden observar algunos detalles ornamentales de carácter vegetal, así como unos sencillos rosarios de perlas.
El gran castillo o macolla también muestra forma exagonal y se alza en dos cuerpos. Los ángulos destacan por medio de graciosas torrecillas, prismáticas las del primer nivel y cilíndricas las del segundo cuerpo, en ambos casos almenadas y con garitas esquineras las inferiores, detalles que resaltan la condición de de este templete. Los dos pisos exhiben bellos ventanales de medio punto: los del primer nivel decorados con delicadas tracerías góticas caladas, que componen rosetones y arquillos apuntados, y con sencillos arcos ojivales los del segundo. Los ventanales del segundo cuerpo se protegen con elegantes chambranas caladas y una movida crestería vegetal, típica de lo gótico, recorre el voladizo lobulado del primer nivel.

El árbol de la cruz muestra el característico perfil flordelisado propio del estilo gótico, y dicho perfil aparece también recorrido por una delicada crestería de cogollos vegetales. Exhibe un extremado carácter gótico la abultada decoración que se observa en los brazos, fuertemente repujada y cincelada sobre fondo picado: fundamentalmente se observan roleos vegetales en forma de y piñas; las últimas adornan los extremos lobulados de los referidos brazos y pueden tener un sentido simbólico al relacionarse con Jesucristo, pues representan la verdad manifestada.
Se aprecia en los brazos de esta cruz una rica imaginería. Preside el anverso la figura del Crucificado, esculturilla bastante arcaica, con paño de pureza muy recogido y en la que subsisten aún las particularidades estilísticas propias de lo gótico. Rodean al Crucificado varios elementos iconográficos incluidos en tondos circulares bordeados por sogueados. Tales figuras, grabadas en la chapa finamente a buril, deben haber sido alteradas en su ordenación con motivo de las muchas reparaciones y limpiezas que, sin duda, ha sufrido esta valiosa pieza a lo largo de los siglos. A la derecha del Crucificado se observa el Angel simbólico del Evangelista San Mateo y a su izquierda el águila de San Juan; arriba está la figura de la Virgen María y a los pies de Cristo otra muy deteriorada que será la de San Juan, el discípulo amado que, con María, compondría la típica Déesis o Calvario; está muy claro que, primitivamente, estas dos últimas imágenes estarían a la derecha e izquierda del Crucificado.
El reverso de la cruz lo preside la figura grabada y bendiciente del Padre Eterno: se inscribe en una mandorla, está sentado sobre un gótico trono, va tocado con tiara y sostiene la esfera del universo en su mano izquierda. Los tondos que rodean el cuadrón central contienen las siguientes figuras: ariba el pelícano, simbólico de la Eucaristía, alimentando a los polluelos con sus propias entrañas; a los lados el toro de San Lucas y el león de San Marcos, y, debajo, un hombre saliendo del sepulcro que unos autores relacionan con la resurrección final que Cristo vino a traer al mundo.
Como decíamos en los párrafos anteriores, se ha producido una alteración de estas placas figurativas, pues lo normal es que dando escolta al Crucificado estuvieran el pelícano, el personaje saliendo del sepulcro y las imágenes de la Virgen y San Juan que, con Cristo, formarían el Calvario; por el reverso acompañarían al Padre Eterno los símbolos de los cuatro evangelistas.
Es una lástima que esta excelente pieza carezca de las marcas reglamentarias que, sin duda, hubieran ayudado a situar mejor el taller del que salió y su cronología. No obstante, pensamos que pudo realizarse hacia la década de 1530 en alguno de los afamados talleres toledanos de la época. Y pensamos que se fabricó en Toledo porque Navalvillar de Ibor dependía, y depende aún, del arzobispado toledano y es lógico que allí acudieran los rectores parroquiales para realizar sus encargos.

El ostentorio de templete es también una pieza soberbia. Se labró con plata en su color y sus dimensiones más importantes son las siguientes: 45 cm. de altura total; 19,5 cm. de altura el templete; 18,6 y 14 cm. diámetros del ovalado pie. La peana, como hemos dicho, es ovalada y se escalona en altura por medio de diversas molduras y escocias. Se adorna el referido pie con elementos muy característicos del repertorio manierista magistralmente cincelados: óvalos insertos en cartelas de cueros recortados, , sartas de frutas formando grecas, etc., motivos que, como es habitual en el estilo de los finales del siglo XVI, resaltan en liso sobre fondo punteado.
El corto astil prácticamente se reduce a la abultada macolla oviforme peculiar del momento: se adorna con graciosas cabecitas de querubines inscritos en cartelas de cueros recortados, con frutas, flores y con otros motivos vegetales y geométricos.
El templete de esta custodia de mano es la parte más bella y delicada de la pieza. Su basamento circular, que contiene el liso viril y va decorado de manera muy abigarrada con , frutas y otros motivos manieristas, presenta cuatro lóbulos que sostienen otras tantas vegetales, las cuales, asu vez, soportan las cuatro columnas que componen la arquitectura. Dichas columnas, apoyadas en cúbicos y floreados plintos, son muy elegantes y de canon esbelto: sus acanalados fustes, rematados por graciosos capiteles jónicos sobre los que se disponen perillones, van retallados con testas de querubines, guirnaldas de telas y frutas y fantásticas carátulas. El estrecho antablamento que carga sobre los capiteles se adorna también con mofletudos rostros de querubines, cuernos de la abundancia llenos de frutos y elementos geométricos propios del repertorio manierista, todo ello, como ya hemos dicho, magníficamente cincelado en liso sobre fondo picado, como es peculiar de la técnica manierista en platería.
Y la pequeña cúpula que cubre el templete presenta en la parte superior numerosos elementos decorativos propios del Manierismo: óvalos inscritos en cartelas de cueros, fantasiosas carátulas y con los extremos vegetalizados... Y aún se alza un segundo cuerpo sobre esta cubierta: descansa en cuatro hermas con la parte inferior de sus cuerpos a modo de estípites retorcidos como roelos. Dos carátulas recortadas y flanqueadas por ocupan los frentes de este templete, cuya cúpula se adorna con calaveras cinceladas esntre árboles: escoltarían a la cruz del remate, perdida en nuestros días.
Esta bonita custodia puede situarse cronológicamente en la década de 1570. Hemos observado en ella dos marcas que se disponen por la parte inferior de la peana. Una de ellas es la de la ciudad de Toledo -Tº- inscrita en un óvalo y la otra hace referencia al posible autor de la obra, cuyo nombre -MAR/COS- se inscribe en una manierista cartela de cueros recortados. A este respecto, debemos decir que Ramírez de Arellano cita a dos plateros de este nombre que trabajaron en Toledo en los años finales del siglo XVI: Marcos Fernández y Marcos Hernández. Opinamos que se tratará de la misma persona, pues era frecuente en la época escribir indistintamente Hernández o Frenández. En cualquier caso, el platero Marcos Hernández, que también trabajó en Alcalá de Henares, es una notabilísima figura de nuestro bajorrenacimiento y, en palabras del profesor Cruz Valdovinos, es el gran innovador de la tipología manierista, que gustó de adornar con elementos figurativos de poderoso carácter romanista (1).

Se conservan en la parroquia otras piezas menores. Citemos un cáliz de plata en su color (23x9,5x14 cm.), que es liso y presenta una gran macolla central: carece de marcas y parece de comienzos del siglo XVII. Incluyamos también una barroca corona dieciochesca de plata en su color (10,5 cm. de diámetro) que tampoco posee marcas.
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(1) Las primeras noticias que conocemos sobre Marcos Hernández las incluyó J.A. CEAN BERBUDEZ, en su Diccionario Histórico de los más Ilustres Profesores de las Bellas Artes en España, Madrid, 1800, II, p. 271: lo cita como vecino de Alcalá de Henares, pero dice que en el año 1574 fue a Toledo a tasar los facistoles del coro de la catedral, realizados por Nicolás Vergara ; asimismo, indica que volvieron a llamarle a Toledo en 1594 para tasar el arca de las relíquias de Santa Leocadia, ejecutada por Francisco Merino con dibujos de Vergara. El Conde de la Viñaza, en sus Adiciones al Diccionario Histórico de Ceán Bermúdez, Madrid, 1889, II, pp. 146-148, añade sun intervención en 1567, junto a los también plateros toledanos Diego Dávila Cimbrón y Gonzalo Hernández, su hermano, en la lámpara de plata destinada a la abadía parisina de Saint Denis. R. RAMIREZ DE ARELLANO, en su Estudio sobre la historia de la orfebrería toledana, Toledo, 1915, pp. 258 y 279-280, resume las anteriores noticias incorporando algún dato más: Marcos Hernández se cita como vecino de Toledo en los años 1567, como ya sabemos, y 1585. Ya conocemos que en 1574 vivía en Alcalá y fue a Toledo para tasar, en unión del también platero Francisco Merino y del broncista florentino Juan Bautista Portiguiani, los facistoles del coro que hizo Nicolás Vergara . En 1585 tasó el busto de San Juan Bautista que había hecho el orive Diego de Valdivieso para el relicario de la Catedral toledana y en el año 1593 apreció el valor del arca de las relíquias de Santa Leocadia, obra realizada por Francisco Merino. Estas noticias, resumidas, también las recoge S. ALCOLEA GIL, Artes decorativas en la España cristiana (Siglos XI-XIX), Madrid, 1975, vol. XX de Ars Hispaniae, p. 202. Vid. etiam, J.M. CRUZ VALDOVINOS, , en Historia de las Artes Aplicadas e Industriales en España, Madrid, 1982, pp. 100-101: el profesor Valdovinos indica que Marcos Hernández (1566-1597) casi siempre fue vecino de Toledo, aunque la mayor parte de su actividad la realizó para la comarca alcalaína: ejecutó las desaparecidas cruces procesionales de Valdeavero (1566-69), Pinto (1571-74) y Camarma de Esteruelas (1586-90), todas las localidades de la actual provincia de Madrid; la citada cruz de Valdeavero era muy parecida a una que se conserva en la catedral de Jaén, procedente de la comarca de Alcalá y que Valdovinos atribuye, al igual que el hostiario de Yepes (Toledo), de gran calidad, a Marcos Hernández como obra realizada hacia 1570.

Nuestro agradecimiento al profesor Don Florencio-Javier García Mogollón por este excelente trabajo de investigación así como por tener la generosidad de autorizar su publicación en este blog.

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